¿Qué nos hizo diferentes como especie?

October 25, 2017

 El investigador que se interesa por los albores de la humanidad tiene que tener una especial predisposición a la frustración pues el objeto principal de su estudio es como el espejismo del agua en una autopista en medio del desierto: se puede ver, a veces incluso con claridad meridiana, pero es imposible delimitarlo en un marco concreto de espacio y tiempo. Así, la frase “Desde el principio de los tiempos de la especie humana” se convierte en un comienzo harto inespecífico: No puede decirse que hubo un individuo que nació siendo diferente de sus progenitores y el primero de una especie diferente. Si nos ajustamos a la lógica inherente a la teoría de la evolución, la nueva especie se fue definiendo a lo largo de siglos, o incluso milenios, hasta que los nuevos individuos marcaran una gran diferencia con aquellos de épocas anteriores, y a partir de ese estadio la nueva especie mostró rasgos diferenciadores que supusieron un salto cualitativo con respecto a sus antecesoras y a todas las demás con las que compartían el planeta, unos rasgos que no eran necesariamente físicos y que, aún sin saberlo, definieron sus tendencias culturales equipándoles con las herramientas necesarias para constituir lo que llamamos “civilización”. Y eso es lo más parecido a un espejismo que pueda haber para la ciencia de la cronología.

 

El origen de las civilizaciones ha sido para mí un tema de apasionado interés que me ha llevado a dedicarle más horas de estudio a que a ninguna otra actividad, y sigue, inagotable, alimentando mi curiosidad cual cornucopia de las ciencias. Íntimamente vinculada con el estudio de las características que nos diferencian del resto de los animales, el análisis del  nacimiento de la civilización asoma al investigador al siempre fértil campo de la ontología con sus insondables horizontes y lo expone a las recurrentes preguntas: ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál el final?

 

Y he ahí una de las primeras diferencias apenas mencionadas, una de esas herramientas biológicas con las que nuestra especie viene equipada de serie: La capacidad de cuestionarse la existencia en sí. Muchos son los expertos que han abordado este tema, y muchos los que han resultado detractores aludiendo a nuestra incapacidad o a la simple imposibilidad de saber qué piensa otro animal y si es capaz o no de tener conciencia de semejante calado. No obstante, hay un rasgo cualitativo y cuantitativo diferencial que radica en los efectos tangibles de dicha capacidad, es decir, el uso que le hemos dado como especie. Incluso queriendo aceptar que los orangutanes y gorilas, los delfines y ballenas, por poner ejemplos de especies altamente inteligentes, tienen la capacidad de conciencia de la que estamos hablando, no han cambiado su estilo de vida, al menos no de un modo sustancial, en millones de años; en nuestro caso, en cambio, han bastado unas pocas decenas de millares de años para que la pregunta acerca de quiénes somos haya modificado nuestras formas de vida, haya definido los trabajos y el uso de los recursos naturales, y hasta haya orientado el reparto que habíamos de hacer de la geografía. En otras palabras, nuestra conciencia es la que ha creado las diferentes culturas, y por ende, en ello está el germen o uno de los gérmenes de la civilización. El nacimiento de la fe, de la mentalidad religiosa, hace unos escasos diez mil años, levantaría doctrinas que determinarían muchos de los rasgos humanos de los milenios posteriores. He ahí una clara diferencia con las demás especies.

 

Otro factor diferenciador que nos separaría del resto de criaturas es el del ocio, no por ser los únicos animales que disfrutamos de ello, sino por haber hecho de ello una necesidad. Esta matización es importante: existen ya irrefutables argumentos que hablan a favor de que ciertos animales como los leones, las orcas, o los monos bonobos, de nuevo sólo unos ejemplos al azar, disfrutan de tiempo libre; pero el ser humano es el único que ha puesto su propio porvenir en manos de ese tiempo libre. Aunque a primera vista no se lo contemple como tal, la investigación científica, el pensamiento filosófico, o cualquier manifestación artística y musical son, desde el punto de vista de las leyes de la naturaleza, actividades ociosas: no procuran de manera directa ni el sustento, ni la procreación, ni la supervivencia de la especie; y sin embargo, nuestro futuro, nuestro sistema de valores, el modo en que nos organizamos y estructuramos dependen de ello.

 

El ser humano ha transformado el uso que hace del tiempo libre de un modo que no tiene precedentes hasta convertirlo en una necesidad primordial: toda una paradoja. El tiempo libre le permitió a la humanidad desarrollar tanto la religión como la ciencia; y a la vez que iba ocurriendo eso, tanto la una como la otra, madre e hija se convirtieron en todo menos ocio, pues se hicieron indispensables; literalmente indispensables. Sin los ritos religiosos -se creía- no habría supervivencia de la especie; sin ellos, la humanidad no tendría protección contra las calamidades naturales o las potencias sobrenaturales. Sin los avances científicos, la humanidad no tendría las posibilidades de vida con las que cuenta ahora. ¿Y todo el tiempo que requiere gobernar una nación? Ministerios, burócratas, legisladores, etc. ¿Cómo dedicarse a eso si no se dispone de tiempo libre para ello?

 

Precisar de esta “ociosidad” ha generado en nuestra especie la subsecuente necesidad de disponer de quienes hagan el trabajo. Así, primero desarrollamos una sociedad esclavista, luego una del proletariado, y ahora nos hallamos en la fase más inventiva de todas y probablemente menos dañina para nuestros congéneres que es la del desarrollo de los ordenadores y robots. Debido a esta conciencia diferenciadora del ser humano, desde su aparición nuestra especie ha necesitado rodearse de personas o cosas que hicieran el trabajo para poder disponer de más tiempo libre y así poder desarrollar más cosas que le proporcionen más tiempo libre aún. Y eso es, en mi opinión, la gran diferencia entre la nuestra y las demás especies, y en ello encontraremos el verdadero origen de la civilización.

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© 2019 Enrico Maria Rende

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