La motivación en la escuela

November 14, 2017

La motivación en la escuela debería ser prioridad.

Y por escuela me refiero al aprendizaje allá donde se pueda producir, dar o encontrar. En respuesta a una reflexión a la que invita el excelente blog La mariposa y el elefante (al que invito a todos a leer): http://lamariposayelelefante.blogspot.com.es/

 

En los años que fui profe de historia, en la primera clase del curso (y en cada cualesquiera de sus derivadas: History of Great Britain, International Relations, World History...) siempre empezaba lanzándole una pregunta a la clase: “¿A quién le gusta la historia?”. La respuesta de los alumnos ha sido siempre la misma: sólo se levantaban un par de manos, o tres a lo sumo. Una correspondía al raro de la clase; la otra al pelota; y tal vez una era la mano del verdadero amante de lo antiguo.

 

Entre mis amigos, conocidos y colegas docentes de otras áreas, la constante ha sido la misma, y siempre, o casi siempre, fruto de la misma observación: la historia es una pesadez intragable de fechas y nombres rarísimos que había que aprenderse de memoria, y, en la grandísima mayoría de los casos… el profesor o profesora en cuestión eran unos auténticos pesados.

 

Seguidamente a la pregunta con la que inauguraba el curso escolar, les lanzaba una apuesta a mis alumnos: “¿Quieren ver que al final del trimestre les vuelvo a hacer la misma pregunta y la mayoría de las manos se levantan? ¿Qué apostamos?” La respuesta era siempre desafiante, y la apuesta contundente: por lo general una variante de “no tener clase”.

 

Entonces, aceptada la apuesta, les pedía a mis alumnos que sacaran sus libros de historia… y los tiraran a la papelera.

 

Puedo decir, con orgullo sincero, que nunca he perdido esa apuesta. ¿Cómo? Simple: me apasiona la historia y contagio esa pasión a quienes me escuchan.

 

Fiel defensor del pensamiento crítico, además, siempre he presentado a la historia como el campo más fértil para la reflexión. Los datos están en los manuales (así me enseñó Carlos González Wagner en la universidad, y nunca erré el camino desde entonces), y por tanto, en los exámenes siempre les pedía que sacaran los libros o sus apuntes, para no confundir las fechas ni los nombres. Pero los primeros resultados eran siempre grandes suspensos. No resulta fácil decidir por qué un monarca tomó una decisión y no otra, o plantearse si hubiera podido haber alternativas a lo ocurrido en ese año y en ese contexto geográfico y sociocultural. Los alumnos todos, confiando en que tener sus libros a mano sería garante del aprobado, fracasaban estrepitosamente.

 

Sin embargo, lejos de tirar la toalla ante sus suspensos… lejos de perder interés por la asignatura, se volcaban aún más en las clases y se entusiasmaban un poco más con la materia.

 

De nuevo, ¿cómo? Porque se sentían moti

 

vados a participar con sus propias aportaciones; sus inquietudes, sus ideas y opiniones, a diferencia de lo que pudiera ocurrir en las clases de matemáticas o química (sin ánimo de ofender a ninguna de estas nobles ciencias), podían ser relevantes y de hecho lo eran, se tenían en cuenta, generaban debate, y, para colmo, ayudaban a comprender mejor, y por tanto a recordar mejor, la historia.

 

¿Cómo, pues, no voy a creer que la participación del docente, su implicación en la motivación de los alumnos, no es una pieza fundamental, clave, en el progreso de la educación?

 

Por si os lo estáis preguntando, para reforzar mi argumento, la mayoría de los exámenes finales obtenían muy buenas calificaciones. Los únicos alumnos que no terminaban aprobando mi asignatura con buena nota eran aquella minoría que casi siempre existe en el contexto de las escuelas actuales y que son producto de circunstancias complejas de valorar, los alumnos que son desafiantes por sistema, o los que presentan otro tipo de problemas (y sobre los que discurriremos en futuros artículos).

 

No te pierdas: http://youtu.be/E1iU30_0kGs

 

 

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© 2019 Enrico Maria Rende

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