«Ajeno»

April 25, 2019

Era un sueño, lo recordaba perfectamente, tanto el sueño como el hecho de que lo era. Aunque también recordaba que mientras lo soñaba le parecía auténticamente real. Y lo que soñó y lo que recordaba eran una misma cosa. Y el sueño era lo que sigue:

 

Llovía, y la lluvia golpeaba los adoquines de las calles de otra época, calles iluminadas escasamente por los faroles de gas en una ciudad de grandes palacios y anchas avenidas. Buscaba resguardarse bajo algún sotechado y por eso, mientras aceleraba el paso, se miraba los zapatos. Sus hebillas gruesas y doradas resaltaban fulgurantes sobre el betún negro que, ahora mojado, relucía mucho más de lo habitual. Sabía que eran sus pies los que veía caminar aprisa, pero no los reconocía. Subió la mirada hacia las canillas, y el pantalón de raso azul oscuro terminaba bajo las rodillas, donde arrancaban unas largas medias blancas. Desde luego que era él, aunque no conociera esa indumentaria ni la había visto jamás antes. Se estaba empapando los hombros al recibir estos el grueso de la tormenta, por lo que apresuró la marcha para cruzar la avenida. Enfrente, la cancela de una enorme villa le cerraba el paso y lo obligaba a caminar a lo largo de su cerca, una barda metálica levantada sobre un muro de sillería de media altura. Mientras avanzaba por la acera, lanzaba una mirada entre los barrotes hacia el interior del jardín que rodeaba la mansión. Un gran balcón iluminado aparecía en el centro de la imagen como el sol en un amanecer con niebla. Algo le decía que aquel había sido su hogar, pero ya no lo era. La lluvia empezó a caer con más fuerza, y sus pasos le dirigieron diligentemente hacia el final de la calle. Cruzó una vez más la gran avenida, esta vez en la siguiente calle, hasta llegar a una manzana de edificios más modestos. Las ventanas y ventanucos que se abrían en sus desconchados muros iluminaban tímidamente la oscura calle con la luz de sus velas. De pronto, una puerta se abrió en el mismo instante en el que él ponía el paso cerca. El hedor a alcohol y rapé lo abrumaron hasta obligarle a taparse la boca y la nariz con el pañuelo que le protegía el cuello. Un borracho salió empujado por su propio desequilibrio con tal ímpetu descontrolado que a punto estuvieron ambos cuerpos de colisionar.

—Buenas noches, baronet —saludó mascullando el individuo, justo antes de virarse para orientarse en el sentido contrario.

Pero él no le devolvió el saludo. Simplemente lo esquivó hábilmente, y continuó su marcha hacia un lugar que, de algún modo, sabía que era su objetivo concreto. Avanzó unas manzanas más, hasta llegar al callejón más oscuro. Una, dos, tres, cuatro, y en la quinta puerta a pie de calle entró. Un estrecho pasillo conducía directamente a una empinada escalera, y a ambos lados, sendas puertas trataban de proteger sus hogares. Eran puertas endebles, de una madera y factura baratas. No más altas que una personas de estatura mediana tirando a baja. Sin cerrojo ni cerradura. Entró en la de la izquierda.

—¿Padre? —llamó.

—Sí —respondió la voz desde dentro del único cuarto—. Aquí estoy.

—Ah —suspiró aliviado el hijo—. Llego a tiempo —murmuró para sí, después.

—¿Qué ocurre?, ¿por qué no entras? —la voz del anciano parecía proceder de un hipogeo hundido en el mismísimo tártaro.

—No quería molestarle —dijo, abriendo apenas la puerta e introduciéndose vergonzoso con la cabeza gacha—, por si descansaba usted. Pero ya me marcho. Va a pensar que me preocupo demasiado.

—Y lo haces, hijo mío. Lo haces. Pero entra ya, no te quedes ahí. Estás empapado. Ven. Échate una manta encima de los hombros.

—El otro día me asusté muchísimo sin motivo, padre. Fui un tonto —se sonrió—. Yo solo me lo guisé y me lo comí. Verá qué bobada: Como estaba usted en silencio y no había tocado el desayuno, me dio por probar la mermelada y noté que ya no sabía igual de fresca porque tenía su tiempo ya y olía un poco a pasada y... Bueno, el caso es que, hacía unos días que no venía a visitarlo, ¿recuerda?

—Sí, hijo, sí. ¿Y qué pasó?

—Me acerqué rápidamente al cuarto y lo vi tan quieto, tan.. dormido… pero me dio la impresión… bueno y entonces le cogí la mano y usted me la apretó… y ya volví a respirar.

—Hijo, y ¿tu mujer?

—¿Mi mujer?

—Sí. Esa bellísima persona con la que te casaste hace unos meses. ¿No crees que deberías pasar más tiempo con ella que cuidando de las últimas horas de un pobre viejo?

—No diga eso, padre.

—Son mis últimos días, y debemos aceptarlo. No necesito tener a nadie a mi lado. Mi maestro, al que yo también llamé padre, murió solo. Y el suyo también lo hizo. Y el maestro de su maestro, y así hasta el primero de todos, en el año 1349. Es como debe ser. Tú, hijo mío, has de ser el primero en cambiar la tradición, y yo el último en conservarla.

—Pero yo no quiero dejarle morir solo. Usted —dijo, conteniendo la rabia reprimida—… usted podría haber sido el primero, y no yo. Le invité a mi hogar. Le ofrecí ser mi huésped, pero usted se negó a recibir mi ayuda; sabe que en mi casa habría podido cuidar de usted; tendría acceso a medicinas, al calor de una chimenea y al cuidado de unas criadas… pero lo ha rechazado todo, y yo lo he tenido que respetar. Ahora no me pida que no venga a verlo.

—Sabes que de haber aceptado habría puesto en peligro tu situación, del mismo modo que cada vez que vienes a verme pones en riesgo tu reputación.

—¡Bobadas!

—Está bien. Entonces dime, ¿de dónde vienes? ¿Por qué no llevas un abrigo, ni sombrero?

—Oh. Salí del palacete sin haberme percatado de que llovía.

—¿Y tu bastón?

—Con las prisas, me lo he dejado en la entrada.

—Ya… ¿no será que no quieres que te reconozcan?

—¡Padre!

—Escúchame hijo: haces bien. Es precisamente de eso de lo que trato de hablarte. No te puedes permitir que se sepa que vienes a esta casa o todos tus logros, blasones… tu familia… todo se hundiría para siempre.

—En mi casa le habría tenido como a…

—¿A quién? ¿Ocultando mi verdadera identidad? ¿Te crees que por tratarse de los últimos días de mi vida estaría dispuesto a renunciar a quien soy, a lo que he tardado tantos años en convertirme?

—¡No! Por supuesto que no. Y me ofende usted si piensa que yo le haría tal cosa. Le habría tenido como a un padre, mi padre de verdad, y no le tenía porque importar a nadie quién es, o de dónde viene…

—Hijo mío… Hijo mío —repitió el viejo, entrecerrando los ojos—. Tú has de cambiar las cosas, no yo.

—Y no podría, padre, ¿cambiarlas de este modo?, ¿empezando por cuidar de sus últimos momentos?

—Yo no me encuentro cómodo en este nuevo mundo porque no he nacido en él. La nueva realidad es tan distinta a todo con lo que yo crecí que hace que no me sienta parte de ella. Tú has crecido con ella y has evolucionado al ritmo de los tiempos, a su velocidad, hasta adaptarte perfectamente. Pero las personas como yo somos aquí como peces fuera del agua.

—Los tiempos han evolucionado muy rápido también para los de mi generación. Yo he visto como los cambios se apoderaban de mi casa tan rápidamente que apenas puedo reconocerla como el hogar de mis padres en el que me crie.

—Pero yo no estoy a gusto en esta era. No es la mía. No reconozco nada en ella de cuanto ha formado mi persona. Por eso he de marcharme así, y aquí. Por eso he de ser el último, y tú, querido hijo, tú has de ser el primero de esta nueva etapa. La ciencia y el conocimiento enciclopédico han superado todo lo que nuestra secreta orden jamás haya podido enseñarnos. El galvanismo, la electricidad, el magnetismo, la gravedad… y las máquinas, esas máquinas infernales que, paradójicamente, son el mayor progreso de la humanidad, todo ello ha creado un mundo que yo desconozco por completo, al que soy totalmente ajeno…

—Pero podría no serlo. Yo le enseñaría.

—Tal vez podrías, hijo. Tal vez. Pero no quiero. No quiero formar parte de este mundo en el que toda su magia ha desaparecido por completo.

—Sí, es cierto —dijo, mientras las lágrimas le brotaban silenciosas—, pero en cambio tenemos la luz del conocimiento empírico; estamos terminando con las supercherías religiosas y sus supersticiones… y la magia… ¡Ah! Maestro, la magia…

—La magia solo funciona cuando se cree en ella realmente.

—Eso es lo mismo que decir que es real.

—Y lo es, si se cree en ella.

—Pero padre, algo no puede ser real solo si se cree en ello.

—Imaginemos que te dijera que tú tienes poderes mágicos, ¿de acuerdo? Y ahora, imaginemos que te pidiera que hicieras volar aquellos libros desde la estantería de enfrente hasta la cama y que tu lo hicieras. ¿Te sorprenderías de verlos volar?

—Por supuesto. Me parecería inverosímil.

—Y por eso mismo nunca tendrás poderes mágicos. Porque no crees en ellos. Sin embargo, si ahora te pidiera que echaras a andar, y tu te levantaras y caminaras, ¿te sorprendería eso?

—Padre, qué bobada.

—Contesta, hijo, ¿alucinarías, te confundirías?

—No. Eso es algo que no se sale de lo corriente.

—La magia solo existe cuando para el mago ejercerla no se sale de lo corriente. El mago lo es no porque tiene el poder de hacer cosas que los demás no pueden, sino porque puede creer lo que los demás no pueden. Esta nueva era tuya les ha quitado a las personas esa capacidad.

—Eso es lo mismo que hablar de una ilusión, padre. Una ilusión óptica solo es real para la persona que la ve, no para los demás. El conocimiento positivo, sin embargo, es real tanto si quien está presente se lo cree como si no.

—¿De veras crees eso?

—Por supuesto. Si William Gilbert, del que tanto me ha oído hablar, le mostrase uno de sus experimentos usted vería que los objetos vuelan hasta quedarse adheridos a su varita, tanto si lo creyera como si no.

—Seguramente que sí. La diferencia es que él lo llamaría electricidad y yo no.

—Padre, pues si solo es una cuestión de terminología, sea más indulgente y permítame ilustrarle. Hay un mundo por descubrir.

—¿Recuerdas lo que está escrito en los evangelios cuando se cuentan los milagros de los apóstoles?

—Vos no creéis en la religión, ¿por qué esto ahora?

—¿Qué es creer si no la voluntad de aceptar unas ideas? Tanto es así, tanto depende de la voluntad de uno mismo y es una decisión puramente personal que uno, por poder, puede creer firmemente lo que quiera que tendrá el mismo valor, peso y certeza que la fe de un creyente en Dios. Al fin y al cabo, la fe es una decisión personal. La religión, por el contrario, es el producto de la soberbia, la avaricia y la necesidad de control de los hombres, y siempre viene impuesta. Pero ellos, los primeros hombres de las escrituras obraban milagros, hacían magia, porque tenían fe y los demás también. De hecho, solo obraban milagros cuando los demás creían. Por eso se dice: es tu fe la que te ha curado. La magia, para obrar, necesita que todos los que vayan a presenciarla crean en ella como una posibilidad tan natural como cualquier otra.

—¿Quiere decir que, si yo creyera que usted puede hacer volar los libros de esa estantería hasta aquí, lo podría hacer? ¿Y por qué no puede hacerlos volar delante de cualquiera y así demostrarles a todos que la magia existe?

—Lo mismo podríamos preguntarle a su señor Gilbert que necesita de su varita mágica para hacer aparecer la electricidad.

—La electricidad no necesita que creamos en ella para ejercer sus efectos.

—Por eso se la llama electricidad y no magia. Y por eso yo no pertenezco a este mundo.

—¡Porque se niega a hacerlo!

—Muchas veces hemos especulado juntos acerca de lo que le preguntaríamos al maestro Da Vinci si lo tuviéramos presente, y siempre has aludido a lo muy feliz que le haría ver este mundo nuestro con tantos nuevos conocimientos.

—Sí, es cierto.

—Pues déjame decirte que él no querría permanecer aquí ni un solo minuto, por muchas maravillas que pudiera ofrecerle al entendimiento esta época. Y no querría por lo mismo que yo quiero morir en soledad y aquí, en este pequeño cuarto mío; porque se sentiría tan desubicado que no hallaría comodidad en ningún rincón. Las personas no expresarían las mismas cosas que las que él habría conocido ni se comunicarían del mismo modo; no tendrían las mismas inquietudes ni los mismos gustos; y lo más importante, no tendrían las mismas creencias. Todo sería tan distinto para el maestro que le haría sentirse…

—Como un pez fuera del agua.

—Y así es exactamente como me siento, hijo. Los tiempos han avanzado tan aprisa que los que son como yo no hemos tenido tiempo de adaptarnos.

El hombre se levantó de la silla en la que se había sentado mientras duró la conversación, y se acercó a un diminuto pedazo de espejo roto que había colgado en una de las paredes. Entonces vio su rostro, y se sorprendió al no reconocerse. Tenía el pelo largo y encrespado, de color castaño claro y diría que se estaba quedando calvo. En la parte de atrás, un lazo ataba parte del cabello en una coleta. Su rostro era puntiagudo y con las mandíbulas anchas, y la barba rasurada hacía unos días. Los dientes, amarillos. Los ojos, azules. No se reconocía en absoluto, pero sabía que era él.

El viejo maestro lo llamó desde la cama.

—Mortimer, ¿qué ocurre?

¿Mortimer? ¿Quién era Mortimer? ¿Qué estaba ocurriendo?

 

Y así se despertó. Y recordaría el sueño el resto de su vida. Lo recordaría a la perfección, hasta el mínimo detalle. Pero no lo comprendería hasta el final de sus días. Fue allí, en su lecho de muerte donde les repitió estas palabras a sus hijos:

—No pertenezco a este mundo, aquí soy como un pez fuera del agua y por ello, precisamente, no debéis llorarme… Muero en paz.

 

 

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© 2019 Enrico Maria Rende

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