Conferencia “La caída de los mitos”

August 16, 2019

Texto completo de la conferencia “La caída de los mitos”, celebrada en la Biblioteca Pública de Las Palmas de Gran Canaria, el 12 de agosto de 2019.

 

Espero que esta noche no me pase como al padre de un buen amigo mío que, en misa, tras escuchar durante una hora al párroco despotricando por la falta de fe de los feligreses y su falta de asistencia a misa, le rebatió diciéndole: «No se olvide de que está hablando para los que hemos venido». Espero que no porque, si ese es el caso, entonces esta noche será tiempo perdido, como predicar en el desierto y no venderé ni un libro. Aunque, no he venido a vender mis libros sino a apoyar la causa en la que más creo y defiendo que es la de la divulgación del conocimiento y del espíritu crítico. Mis libros, de los que he traído aquí una pequeña muestra, son un modo de contribuir a esta causa. Por tanto, al terminar esta charla, los que quieran, podrán adquirir cualquiera de los títulos que he traído. Todos ellos son exponentes de esta campaña en pro de la divulgación.

 

El principio de la concurrencia como causalidad

Vengo a hablarles del papel que, en mi opinión, debería tener en nuestra sociedad la divulgación del conocimiento. Vivimos una época en la que los términos y los conceptos se confunden más que nunca, de modo que se confunde al influencer con el técnico, al inconformista con el artista, y al periodista con el científico. Con demasiada frecuencia he comprobado, tristemente, que se confunde periodismo de investigación con investigación científica, y eso es un grave error puesto que, mientras que la ciencia se somete a un escrupuloso proceso de experimentación y demostración, el periodismo no, y mientras la ciencia establece su reconocimiento con la verdad, el periodismo lo hace a través del sensacionalismo. La ciencia busca la verdad, por aburrida que sea; el periodismo busca el sensacionalismo, por mentira que sea.

 

Vivimos en un mundo en el que la sabiduría abunda en las redes sociales pero el sentido común parece brillar por su ausencia; donde se confunde la concurrencia con la causalidad. El fenómeno de la concurrencia como causalidad, viene ejemplificado de manera soberbia en el famoso artículo que circuló por la prensa anglosajona que afirmaba, tras exponer unos hechos incontestables, que lo que provocaba ataques al corazón a los británicos y americanos no era ni el alcohol ni las grasas sino el hecho de hablar inglés.

 

Desarrollé toda una teoría sobre el número de la bestia, el 666, siguiendo este principio de la concurrencia como causalidad en el libro La caída de los mitos. Esta teoría, que presenté en varios centros municipales hace años, es tan verosímil que incluso cuando se les dice a los oyentes que es falsa, que se está jugando con la concurrencia para convertirla en causalidad, no se lo creen y piensan que la teoría es verdadera.

 

A pesar del Renacimiento, el Humanismo y la Ilustración, incluso a pesar de haber sido los creadores de la ciencia, y a pesar de contar con los máximos representantes del conocimiento mundial, seguimos creyéndonos historias inverosímiles, aceptando bulos como verdaderos y mitificando absurdos, avivando supersticiones y creencias que, muchas veces, no tienen ninguna base. Seguro que, entre ustedes, en esta sala, los hay que creen que la Coca Cola tiene un ingrediente secreto; o que piensan que el aceite de palma es malo para la salud; ¿a que, incluso hay entre ustedes quienes dudan de que el hombre haya pisado la luna en 1969?

 

Permítanme leerles unas páginas de Nuevo Álibro, un libro que escribí en 2017, [páginas 121 y 122]:

 

«Si buscamos en Wikipedia bajo la voz Revistas Científicas, nos aparece una lista de ¡205 revistas! Todas ellas tienen publicación electrónica y publican centenares de artículos al año. Literalmente, la información científica que se publica anualmente es exorbitante.

 

A la casi infinita cantidad de información que hay en internet, hay que añadirle la que se publica diariamente en papel u otros soportes duros. Según la Agencia Internacional de ISBN hay más de 900.000 editoriales repartidas en más de 200 países de todo el mundo. Si cada editorial publicara sólo 10 nuevos títulos al año, en el mundo habría nueve millones de nuevas publicaciones cada año. Pero esta cifra es, en realidad, mucho mayor; ¡sólo en España se publican 40 mil nuevos títulos cada año! La Biblioteca Nacional de España guarda más de 28 millones de publicaciones, entre las que hay 30 mil manuscritos, 3 mil incunables, 6 millones de monografías, 110 mil revistas y 20 mil periódicos. Pero la BNE se queda pequeña al lado de la biblioteca más grande del mundo, la del Congreso de los Estados Unidos, que contiene la friolera de 151.785.778 publicaciones, y la British Library, la segunda más grande del mundo, que contiene nada menos que 150 millones.

 

La gran mayoría de toda esa información está a nuestro alcance, a tan sólo un aca de distancia. ¿Cómo es posible, entonces, volviendo a nuestro punto inicial, que podamos seguir creyéndonos cosas como las de la Coca Cola, o el aceite de palma? Podríamos pensar que tenemos la posibilidad de ser más sabios que nunca, pues sólo es cuestión de elegir qué conocimiento queremos adquirir y, ¡aca! Pero, sin embargo, no es así. No hace mucho que un familiar, adicto a la Coca Cola, me dijo que había oído que en un vaso de su refresco favorito, un tercio era azúcar.

—¿Y qué? —le pregunté con hastío.

—¿Cómo que “y qué”? —se ofendió—. ¿Tú sabes lo malo que es el azúcar? ¡Es veneno para el cuerpo!

—¿Veneno? ¿Quién lo dice? —le pregunté.

—Pero mira que puedes ser ignorante —replicó, con aires de superioridad—. Todo el mundo lo sabe. ¡Hasta hay vídeos en Youtube!

 

Pues bien, ahí tenemos otro bulo que campa a sus anchas en la era de la información. Para empezar, a nada que uno busque en internet, verá que la fuente más importante y seria, que es la OMS (Organización Mundial de Salud), deja claro en su estudio Diet, nutrition and the prevention of chronic diseases. Report of the joint WHO/FAO expert consultation. WHO Technical Report Series, No. 916 (TRS 916) (y que el lector podrá descargarse en pdf en el siguiente enlace:

http://www.who.int/dietphysicalactivity/pub lications/trs916/download/en/), que los estudios sobre la toxicidad del azúcar son, y han sido siempre, poco concluyentes, por lo que resulta imposible determinar que sus efectos sobre la salud sean dañinos».

 

Y es que los bulos y la desinformación van de la mano.

Por eso, cuando os vuelvan a decir que el café es malo para la salud, o que el azúcar es veneno, o que el cuerpo del ser humano no está hecho para tolerar la lactosa, antes de creéroslo, venga de quien venga la información, dedicadle unos minutos a contrastarlo en Internet. Hay miles de fuentes fiables y seguras, consultad las enciclopedias y fuentes gubernamentales, las instituciones académicas y las universidades. Todas ellas tienen páginas web que se pueden consultar.

 

Porque cuando el señor Giorgio Tsoukalos sale en un documental diciendo que los alienígenas hicieron las pirámides, o el señor Von Däniken sale diciendo que se han encontrado pruebas de que los antiguos egipcios tenían bombillas y luz eléctrica, están mintiendo, y se están enriqueciendo gracias a ello. El canal de Youtube Mundo Desconocido registra cientos de miles de visitas en pocas semanas, y en meses puede alcanzar los millones de visitas a costa de esta divulgación bastarda.

 

¿Son necesarios los alienígenas para explicarnos cómo es que la pirámide de Keops está orientada de un modo tan preciso, o cómo colocaron bloques tan pesados uno sobre otro y en una época tan remota? Pues lo cierto es que no, y creo que ya está bien de sorprendernos por esas cosas. La orientación de las pirámides ni es algo del todo cierto, ni es algo asombroso. Permítanme recurrir nuevamente a la lectura de uno de mis libros, en este caso precisamente a La caída de los mitos [páginas 178 a 179]:

 

«Parece que se ha difundido la voz de tal manera que, incluso quien no sabe qué es una pirámide egipcia, sabe que “está perfectamente orientada al Norte verdadero”. Yo, también quise averiguar qué había de cierto en esta afirmación, y qué repercusiones podría tener, así que acudí a la facultad de Ciencias Exactas de mi universidad, y me introduje en el despacho de una catedrática experta en geodesia y astronomía.

 

Cuando le dije cuál era el motivo de mi visita y consulta, la profesora Sss Ssss se mostró muy interesada y dispuesta a poder solucionar mis dudas.

 

Comencé por explicarle aquello que creí no debía saber necesariamente.

 

—La pirámide de Keops es también conocida con el nombre de la Gran Pirámide, y fue erigida durante la Dinastía IV, probablemente en el año 2.450 a.C. Pues bien, por lo visto, esta increíble construcción está orientada a la perfección, y eso parece darle mucho juego a quienes quieren ver la huella de una civilización muy desarrollada.

 

—Sí —me contestó, cerrando las gafas y apoyándolas sobre su mesa—. He leído que muestra un desvío con respecto al Norte de tan solo cinco minutos,19 un error insignificante, tratándose de una construcción tan enorme. Pero, lo que nadie dice es que, dicha orientación no es hacia el polo Norte verdadero, si no hacia uno actual.

 

—¿Es que son diferentes? —pregunté, atónito.

 

—Sí. Hay tres polos Norte diferentes, y los tres cambian continuamente, debido a muchos factores geodésicos, o lo que es lo mismo, ninguno de los tres es un punto fijo en el globo. El primer tipo de polo es el que más cambia, y en menos tiempo: es el polo magnético. Actualmente, el polo Norte magnético se encuentra en Groenlandia (información obtenida por profesores de la Universidad Complutense de Madrid en 1997) y no en el casquete polar ártico como sería de esperar. El segundo tipo de polo es el estelar, es decir, el que viene señalado por la Estrella Polar. Por definición astronómica, la Estrella Polar es aquella cuya declinación sea lo más cercana posible a los 90 grados; la declinación de una estrella es el ángulo que describe en la esfera celeste con respecto del ecuador celeste, que es, por definición también, una proyección del ecuador terrestre en el espacio. Debido al movimiento de precesión de la Tierra, un movimiento de peonza que hace que el eje terrestre describa un cono completo cada 25.800 años, la estrella que señala el polo Norte estelar va variando a lo largo de los tiempos.20 El tercer tipo de polo es el geográfico, un punto imaginario designado por el eje terrestre: la Tierra gira sobre sí misma sobre un eje de rotación que podemos imaginarlo como un clavo largo que atraviesa el planeta de Norte a Sur; los puntos en los que entra y sale este clavo en el planeta son, respectivamente, el polo Norte y el polo Sur geográfico. Pero estos polos también se mueven, es decir, el clavo no está fijo. Esto se debe a que la Tierra no es un cuerpo sólido, sino que es hasta cierto punto elástico, y, además, no es una esfera perfecta, sino que es lo que los astrónomos denominan un geoide. Estas irregularidades físicas y materiales de nuestro planeta hacen que su rotación sobre el eje no sea simétrica, ni estable, y ello provoca lo que se llama el movimiento de nutación de la Tierra, que va desplazando el eje de un lugar a otro».

 

Después de mi entrevista con la profesora Sss Sss, averigüé que los cálculos matemáticos en los que se basa la astronomía nos pueden revelar cuál era la estrella polar en cada época: así, en la época de los egipcios sabemos que la estrella polar era Alfa Draconis, de la constelación del Dragón.

 

En cuanto a que sea un fenómeno extraordinario, no lo es en absoluto, pues todas las culturas del mundo y a lo largo de toda su historia han construido monumentos orientados a los fenómenos astronómicos, en especial a los solsticios y a los equinoccios, tanto hace miles de años como hace apenas unos cientos. Y el ser humano, a lo largo de su historia, ha construido maravillas mucho más sorprendentes que las pirámides en cuanto a ingeniería y necesidad de conocimientos científicos, tanto en eras remotas como en las más recientes.

 

Los supuestos misterios de la arqueología son bulos, unas farsas que se aprovechan de la falta de conocimiento del gran público, así como de su deseo y ansia de creer cosas extraordinarias y que, para resultar tan eficientemente creíbles, se basan en el principio de la concurrencia como causalidad.

 

La manipulación convenida de los datos

Otro fenómeno que se halla detrás de la verosimilitud de las hipótesis sensacionalistas es el de la manipulación convenida de los datos. Un buen ejemplo de esto es el de la propuesta de Bauval y Gilbert, dos escritores –ninguno de los dos ni científico ni periodista–, que escribieron la “teoría” según la cual las pirámides de Gizé serían una representación en la tierra de las estrellas de la constelación de Orión. En el libro La caída de los mitos presento las evidencias que demuestran que Bauval para hacer cuadrar su propuesta falsea muchos datos. En definitiva, demuestro que su hipótesis es fraudulenta, errónea y, en una palabra, una farsa. Pero para cuando yo publiqué La caída de los mitos, la obra de Bauval ya era un bestseller internacional y él se había hecho rico y famoso.

¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo permitimos que los mentirosos y fraudulentos se enriquezcan ultrajando el nombre de la divulgación del conocimiento? La respuesta se encuentra en el fenómeno de la manipulación convenida de los datos. Y esto es algo muy fácil de hacer, si se tiene tiempo, ganas y algo de astucia.

 

Aplicando el fenómeno de la manipulación convenida de los datos desarrollé una hipótesis que demostraría que las pirámides de Egipto de la IV dinastía son una reconstrucción en la tierra y a escala monumental de nuestro sistema planetario, lo que demostraría que quienes las construyeron tenían avanzadísimos conocimientos de astronomía, astrofísica e ingeniería.

Cuando presenté esta hipótesis a mi profesor de universidad, me pidió que la expusiese en una charla a los alumnos, y así lo hice. Pero la intención no era la de presentar una teoría que mostrara que una civilización anterior hizo las pirámides con la idea de representar una maqueta del sistema solar, sino la de poner de manifiesto todo lo que se puede hacer jugando con los números, las pirámides y usando un poco de ingenio. Por muy convincente que resulte, por verosímil que sea, la Teoría de la maqueta planetaria (que presento en La caída de los mitos) es falsa.

 

La postura de la ciencia

La ciencia avanza sin parar, y lo más interesante, sin importarle lo que opinen los demás, los profanos. Hay científicos que intentan implicarse un poco en la divulgación, pero ¿quién puede culparles de no hacer más por la difusión de sus descubrimientos? La culpa de la desinformación es de los de siempre, de los que simplemente están interesados en ganar más y más dinero. Las editoriales saben que el sensacionalismo vende muchos miles de ejemplares más que la ciencia o la divulgación científica; las productoras saben que un documental sobre los astronautas del pasado y extraterrestres logrará mayor audiencia que un documental de divulgación seria. Pero, la pregunta que yo me hago es ¿es esto así de verdad? ¿Acaso hemos probado a promocionar más la divulgación que el sensacionalismo? Yo creo que a medias. Lo que ocurre es que el espectador es quien manda en las productoras, y el lector el que manda en las editoriales y está claro que la gran mayoría de las personas, es decir, los posibles clientes de productoras y editoriales, no tienen unos conocimientos tan profundos como para poder entretenerse con la divulgación científica que, por sencilla que sea, requiere de un grado de concentración y un nivel de conocimientos de base. Por tanto, les resulta más sencillo y por ende más entretenido el sensacionalismo; para comprender y creerse las teorías de los astronautas del pasado no hace falta mucho, solo hay que aceptar a pies juntillas que los científicos no saben nada del pasado. Y este es uno de los mayores bulos de nuestra cultura: el de que la ciencia no sabe nada de nuestros orígenes y de nuestro pasado.

 

Además, el ingrediente del misterio, el secreto que se nos quiere ocultar, así como la posibilidad de una teoría conspiratoria, hacen del producto uno mucho más entretenido y le brinda a cualquiera, tenga o no conocimientos, la posibilidad de debatir durante largos ratos sobre el tema.

 

La importancia de derribar mitos

Quiero terminar explicando porqué es importante derribar mitos; no es tanto por un afán de hacer valer la verdad; la verdad es un espejismo; es como el horizonte: lo vemos, sabemos en qué dirección ir para encontrarlo, pero siempre se mantiene a la misma distancia no importa cuán rápido avancemos en su dirección. Desmentir los mitos de las teorías conspirativas, especialmente las que tienen que ver con nuestro pasado, es una empresa que tiene mucho más que ver con honrarnos a nosotros mismos como seres humanos; es un modo de honrar a nuestros antepasados que lucharon, sudaron sangre y sufrieron para darnos un mundo mejor. Porque, veréis, aludir a extraterrestres para explicar las cosas maravillosas que hicieron las civilizaciones del pasado es ofender a esas civilizaciones, es ofender a la especie humana… es deshonrarla.

 

Necesitamos saber que los seres humanos podemos construir y hacer cosas tan grandiosas como levantar templos megalíticos sin la ayuda de metales y construir nada menos que la Gran Pirámide de Keops sin la ayuda de la rueda; que somos capaces de hacer cosas impresionantes. Deberíamos usar estos hechos como símbolos de nuestra grandeza, como inspiración para saber que podemos con todo, y que podemos arreglar este gran desaguisado del cambio climático. Pero si seguimos alimentando los bulos, sean del tipo que sean, no tendremos esperanza.

 

Necesitamos un Renacimiento, un nuevo Humanismo, otra Ilustración. Darles alas a las teorías conspirativas de alienígenas y misterios del pasado es avivar la convicción de que los seres humanos somos una especie incapaz y destructiva. Convencerse de que los extraterrestres habitaron la tierra en el pasado es convencerse de que nosotros, las personas, no somos capaces, y este es, en mi opinión, el mensaje más destructivo que podemos lanzar al mundo, especialmente en un momento como este del cambio climático en el que más necesitamos creer en nuestras capacidades, creer en nosotros mismos.

 

Así que, vengo a vender mis libros, sí. Pero para aportar mi granito de arena a una divulgación del conocimiento seria, pero fácilmente entendible y respetuosa con el público.

 

Muchas gracias.

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© 2019 Enrico Maria Rende

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