Biografía

Soy una persona compleja pero versátil. Es por ello que, tal vez, no logre definirme y me sienta igual de cómodo nadando en las aguas más dispares y diferentes. Soy escritor y editor independiente, profesor de inglés y de historia, librepensador y creador de contenido multimedia, bloguero y algo poeta también. Soy algo taoísta y practico el kung fu chino; soy algo sibarita y colecciono escribanías del siglo XIX; soy ateo y apolítico; soy algo italiano, algo anglosajón y algo español —pero de espíritu chino, por lo que no me identifico con ninguna bandera ni nacionalidad. Soy un paradigma más de ese escritor que caracteriza este nuevo mundo que, como en la Edad Media el trovador, representa la alegoría del eclecticismo en el sentido más amplio de la palabra: cuento, canto, narro, relato, describo, opino e invito a la reflexión. Pero también tengo mucho del ilustrado dieciochesco, creyente en el progreso y en la ciencia. Por encima de todas las cosas, soy un divulgador del conocimiento, un pacifista y un defensor del progreso sostenible, los Derechos Universales del Ser Humano y un defensor de los animales. Detesto regirme por las normas establecidas por el sistema cuando éstas están destinadas a burocratizar el empleo y fosilizar las vocaciones. Estoy en contra de todo aquello que atiente contra la expresión y manifestación de las excelencias de los que destacan y pretende uniformizar a las personas por un mínimo común denominador. No soporto la incoherencia y me irrita la ignorancia cuando es obstinada. Me gustan Beethoven, Vivaldi y Bach, en ese orden; me sigo emocionando con las canciones de mi infancia, sobre todo con Elvis Presley, Rita Pavone o Mina. Como mucho de lo que quiero y demasiado de lo que no debería —especialmente Nutella a cucharadas.

 

Empecé a escribir a los once años. Escribía a mano, en hojas de cuadernos que recortaba convenientemente para que tuvieran el formato de un libro y luego las grapaba juntas, y me esmeraba para que la letra fuese bonita y la portada lustrosa. Pero no escribía obras propias, sino que copiaba a los autores que encontraba por casa. Era más bien un copista al estilo de los monjes medievales. La primera obra que escribí así fue el Infierno de Dante, la primera parte de La divina comedia. En ese sentido, empecé mi carrera literaria como editor antes que como escritor. Entonces mis padres me hicieron el que sería el mejor regalo de mi vida: una máquina de escribir Olivetti Lettera 10. El mensaje fue claro; debía empezar a escribir mis propias obras. Y así lo hice. A los 16 años terminé mi primera novela, La ley de Turan, con la que gané el segundo premio en un concurso literario (Colmenar Viejo - Madrid). A los 18 terminé la segunda, Phaeton -El secreto de la inmortalidad, con la que gané el primer premio en un concurso literario (Ategua - Córdoba). Entonces tuve claro que quería dedicarme a tiempo completo. No obstante, nunca he podido hacerlo. Todas mis obras son el producto de noches en vela, temporadas de desempleo y huecos libres entre correcciones de exámenes y preparación de clases. Procedo de una familia más que modesta, pobre. Realmente pobre.  Y cuando tienes que trabajar para poder pagar el alquiler, comprar comida y pagar las facturas de las cosas esenciales y no tienes un colchón de respaldo ni una casa propia a la que regresar si las cosas van mal, ser escritor se convierte en una misión poco menos que suicida. El hambre ha sido la mayor enemiga de mi producción literaria. Así que tenía que buscar trabajos donde fuera: he sido camarero en múltiples ocasiones, he ido a vendimiar, he enfoscado paredes y he vendido verdura en una frutería de mercado, enciclopedias en un autobús en las calles y jabón puerta a puerta; he sido vigilante de seguridad, panadero y teleoperador; intérprete, traductor, profesor particular y jefe de sección de hipermercado... hasta que, finalmente, entré en la docencia. Por tanto, para mi, encontrar el tiempo para escribir siempre ha tenido que estar supeditado al trabajo.

¿Cuántos libros has publicados ya?

He escrito tanto que me resulta muy complicado mantener un registro preciso: he escrito decenas de cuentos y relatos breves, literalmente cientos de artículos para la prensa escrita, miles de palabras para posts de blog, varios reportajes para revistas de divulgación científica y llevo autoeditadas ya 20 obras propias. En cuanto a libros publicados por otras editoriales, la novela Sol medieval por Chamán Ediciones, (Albacete — 2019), la novela La espiga dorada por Editorial Adarve, (Madrid — 2018), el ensayo El origen de Dios. Nueva Teodicea por Leer—e, (Madrid — 2012), la novela El color de la naturaleza por mtm Editores, (Barcelona — 2005), la novela Phaeton. El mito de la inmortalidad por mtm Editores, (Barcelona — 2004), y la novela juvenil La ley de Turan por Artesanía Literaria, (Las Palmas — 2002).

¿Tienes algún nuevo proyecto en mente que puedas contarnos?

Estoy trabajando en la producción de mi obra de teatro La voz de Satán. Palabra de Lilith, que espero vea la luz antes del final de 2021. También estoy trabajando en una línea de videos cortos, a modo de documentales de divulgación histórica, llamados Derribando mitos 666, y que presento en mi canal de YouTube. Y, en cuanto a mi creación literaria, estoy trabajando en una nueva novela histórica, ambientada en la Alta Edad Media –de momento, sobre esto, no puedo contar más.

¿Qué consejo te gustaría darle como escritor a tu yo de hace unos años?

Tal vez, lo que le diría al primer Enrico Maria Rende escritor es que se dejase asesorar por los expertos en gramática y sintaxis cuando le recomendaban cambiar una coma aquí o un punto y seguido allá. Al fin y al cabo, estaba escribiendo en una lengua que no era la mía, y una muy compleja, por cierto. Pero era muy tozudo (y no menos arrogante), convencido de que el proceso creativo no debía ser interrumpido con cuestiones técnicas pues, de lo contrario, ya no se trataría de una obra genuina sino de una labor colectiva. No sabía lo equivocado que estaba. Es por ello por lo que mis primeras obras son trabajos que no han recibido una revisión formal ni han pasado por el filtro de las correcciones y, en ese sentido, creo que las privé de la posibilidad de convertirse en obras excelentes. Ahora sé que era un gran error, y que toda obra ha de ser pulida todas las veces que sean necesarias hasta convertirla en la mejor obra en la que se pueda convertir. Ahora que estoy trabajando en mi séptima novela, no pienso cometer el mismo error de mi juventud. Se lo debo a mis lectores, se lo debo a mi obra y se lo debo al tiempo y al esfuerzo invertidos en ella.